viernes, 11 de enero de 2013

“INDUSTRIA” DEL TURISMO-GESELL Y PINAMAR VANIDAD Y DECADENCIA

Habitan, nuestras ciudades, dos tipos de seres vivos. Los que hacen por el turismo su fuente de ingresos y los que irremediablemente, solo lo soportan. Unos, los sectores del comercio vernáculo y del oportunismo empresario, hacen un negocio de la temporada estival. Otros, tienen la sensación agobiante de que algo no anda bien, es ese estremecimiento y soledad de sudor en la frente al encontrar el baño ocupado.
Y es entonces cuando, desde el trasfondo ruinoso del invierno, irrumpe otra ciudad.
En ese preciso instante, se apodera de algunos --muchos-- una tristeza pesada, de tránsito intestinal retrasado, por múltiples raciones de emplastos insufribles; de sobresalto, al ver cajeros automáticos atiborrados de personas en ojotas; es esa basura y suciedad, estratificándose en las calles abandonadas, son esas colas donde pagan por cuatro y comen seis; son esos conductores urgidos por la necesidad prehistórica de ver quien pasa primero; son esas avenidas que funcionaron con fluidez en los setenta pero que ahora, se circula a paso de hombre; son esos chicos gritones y medios locos, que, sin hastiarse, se la pasan pidiendo cosas, desde ir a los videos, hasta embutirse con hamburguesas imposibles; son esos monumentos que combaten contra cualquier esfuerzo estético de verlas con buen gusto, son esos beduinos avaros y oportunistas que explotan empleados gastronómicos y desaparecen tras las dunas, con los atardeceres de marzo. Son días bravos para suplir la voracidad del visitante. Hay que ver brotar de la nada, servicios, negocios, mercados, quioscos, poli rubros, piringundines, tiendas, rotiserías, casas de comidas, cafetines, panchos, sándwiches, asaderos, polleros, torticeros, choriceros, tartas, pizzas y empanadas, comida china y mexicana, italiana, casas de picadas y sushi. Hasta que, al final, la ciudad se repliega sobre si y regresa a la cueva. Se podría decir, turismo hay en todo el mundo.
  
En efecto. Pero no se apropian de la ciudad. Guardan respeto a los ciudadanos que viven allí, el resto del tiempo. Comerciantes y empresarios, conviven y dan soporte y servicios todo el año. No huelen ferozmente al miasma salvaje de la avaricia; por levantarse en dos meses, cuando –desde que se definió el concepto del capital-- está demostrado que es la constancia de trabajo, la acumulación e inversión es lo que da como resultado algo conocido como prosperidad. Con la voz en el cuello, es una ciudad que clama inversiones e infraestructura. Que demanda, reemplazar medios de trasportes. Que urge por ampliar y renovar su sistema cloacal, que responde al esquema de una ciudad que ya fue; pero que ahora colapsa ante la llamada de más de un millon de apremiantes intestinos. Que reclama, vías y caminos alternativos que nos salve de un tránsito torpe y peligroso. Que exige, que sus servicios gastronómicos suplan las demandas con calidez y calidad. Que requiere con urgencia, mayores y flexibles frecuencias de vuelos de cabotaje. Que pretende recuperar el espacio público. Que invita a crear nuevos y más grandes espacios donde estacionar los autos de un parque automotor tan irracional como vetusto, que contrasta abismalmente con el visitante. Una ciudad que deber regular, controlar y sancionar sus propios vicios. Hoy industrias de una corrupción desembozada que se ha apropiado y desplazado a la economía urbana: el juego oficial y clandestino, el rufianismo, la prostitución y la oferta abierta de sexo duro, las cocinas de la droga, las mesas y el lavado de dinero, el negocio que hay detrás de la nocturnidad. Porque una cosa es la ciudad que se le vende al mundo; y otra muy distinta es la ciudad cristalizada a mediados de los 70, que los poderes hegemónicos quieren mantener inalterable.
Si no fuera así, el turismo, quizás, podría ser otra cosa.

 Semiología Social

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