viernes, 3 de mayo de 2013

MORIR POR LA PATRIA O POR LA NADA: ELIJA USTED














“Aunque mucho sea tomado, mucho permanece; y aunque no somos ahora esa fuerza que en los viejos tiempos movía tierra y cielo, lo que somos, somos. Un parejo temple de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero fuertes en voluntad, para esforzase, buscar, encontrar y no ceder.” Alfred Tennyson

El Individuo no es primero. No, quítenselo de la cabeza: el Individuo no es primero. Olviden la mentira fundacional de nuestra sociedad: el Individuo no es ese gran pilar que, cual hercúleo Atlas, sostiene el mundo sobre sus hombros. El Individuo no es lo que —adicionados sus ejemplares, agregados sus átomos— funda al mundo, constituye el lenguaje, engendra tradiciones, preña de significación instituciones y cosas… —“eso” que ya está ahí y a lo que nos vemos arrojados por el mero hecho de nacer. El Individuo no funda nada… porque, para fundar lo que sea, se debe primero existir —requisito que se cumpliría con creces, si no fuera que tanto el Individuo-Rey (ese fantoche) como el individuo-persona (esa realidad) sólo existen en la medida en que el lenguaje ya está ahí, el pensamiento ya dado, las instituciones ya creadas, el sentido de las cosas ya abierto… ¿Quién lo abre? ¿Quién crea? ¿Quién funda?… Si no lo hace el individuo, ¿lo haría acaso esa comunidad histórica a la que antes se denominaba patria y que, habiendo perdido entidad y raigambre, recibe hoy el más anodino nombre de sociedad?¿Sería ella la instancia fundadora… a cuyos pies se postrarían los individuos?¿Serían éstos como una especie de marionetas del destino que, carentes de  iniciativa, privados de autonomía, se verían encadenados a tradiciones, avasallados por instituciones, aplastados en suma bajo el plúmbeo peso de lo colectivo? Por caricaturesca que sea, tal es la visión de la historia —desde sus orígenes hasta su liberación por el individualismo ilustrado y liberal—, que éste ofrece tanto de sí mismo como de la milenaria opresión de la que nos habría liberado. ¿Cómo no renegar entonces del pasado? ¿Cómo no despreciar la patria, cómo no maldecir la cadena del tiempo que ésta encarna, si lo que semejante cadena ata es a unos esclavos? ¿Quién es el guapo que se atrevería a afirmarse como esclavo?
Dejemos de lado las esclavitudes que el liberal-capitalismo trae consigo. Olvidemos un instante el sometimiento al dinero y a la fealdad, la transformación de las personas en masas, la aniquilación del arte —la muerte del espíritu, por decirlo con las palabras que son las nuestras. Impugnemos simplemente la anterior premisa, rebatamos esa tan arraigada idea según la cual las sociedades orgánicas del pasado —las sociedades vertebradas en torno a instituciones, tradiciones y pasado— implicaban, por ello mismo, la opresión del individuo-persona, acarreaban la ruina de su iniciativa, la pérdida de su autonomía, la destrucción de su libertad. Afirmemos, por el contrario, que la vertebración orgánica de la sociedad —basta ver lo ocurrido cuando la desvertebración la ha remplazado— es condición primera para que florezca la libre personalidad de cada cual. Proclamemos con fuerza que ser partícipes de una comunidad histórica, sentirse integrados en un destino común, significa todo lo contrario de estar esclavizados a sus tradiciones e instituciones.
Ser partícipes de una comunidad histórica, sentirse integrados en un destino común, significa todo lo contrario de estar esclavizados a sus tradiciones e instituciones

PATRIA

No es todavía la cadena biológica lo que rompen. Pero da igual. Lo biológico —lo “étnico”, para ser más exactos—sólo es el sustrato, la condición de posibilidad de esa gran concatenación temporal que, uniendo a los vivos y a los muertos, recibe el nombre de patria (o de nación, o de comunidad histórica…; llámenlo como quieran). Lo que esencialmente se transmite a través de esta entrelazada secuencia de padres y madres, abuelos y tatarabuelos, antepasados y ancestros no son vísceras, entrañas, corazón…. Es el corazón en el que late el más visceral de los sentimientos: el de la copertenencia a un pasado, el de la afirmación de una continuidad; esa pertenencia conjunta gracias a la cual no estamos solos, como lo están las masas cuyos rebaños deambulan hoy por el mundo; esa pertenencia que nos hace estar juntos, como lo estaban las personas que, cuando en lugar de masas existía pueblo, integraban una comunidad.
¿Es posible que toda una forma de ser, sedimentada tras siglos y siglos, desaparezca sin más y de la noche a la mañana? ¿Y si todo aquello —todo aquel valor, aquella entereza, aquel espíritu capaz de mover mares y montañas—sólo hubiera quedado soterrado, como agazapado en espera de un nuevo impulso, de un nuevo despertar? En espera de un nuevo Proyecto: el más alentador, sugestivo, rompedor… Un Proyecto nunca entrevisto hasta ahora; un Proyecto que carezca tanto de designios totalitarios como de la huera palabrería que va diciendo “libertad, libertad”, “democracia, democracia”, cuando lo que quiere decir es “Dinero, Dinero” y “Capital, Capital”
Éste es el fondo de la cuestión: carecemos de Proyecto. Ninguno de los tres que aún van dando tumbos por ahí es realmente asumido por nadie: ni el proyecto católico-conservador, ni el del izquierdismo marxista, ni el del liberalismo materialista y utilitarista. Cada uno de ellos —es cierto— es asumido por una parte importante de nuestra gente. Pero como a regañadientes, sin verdadero entusiasmo ni convicción —como si no hubiera nada mejor que asumir. Ellos mismos lo dicen. Con su cazurrería, con su simpleza a cuestas; pero con su punzante clarividencia también. He ahí probablemente la única idea con la que se podría poner inmediatamente de acuerdo más de un noventa por ciento del pueblo: “Todos los políticos están vendidos, todos valen por igual”. Dejemos los matices que  nos obligarían a precisar que algunos valen algo más que otros, que algunos son como mínimo infinitamente menos nocivos que otros. Dejemos tales sutilezas y traduzcamos: “Todos los grandes proyectos hoy en día están podridos; todos valen por igual”. No hay Proyecto. O por decirlo con palabras que la moda reprueba: ningún destino marca nuestros pasos por la vida y la muerte. ¿Cómo asombrarnos entonces de que no teniendo ni proyecto ni destino, tampoco tengamos nación? ¿Cómo extrañarnos de que la misma esté a punto de perecer? ¿Cómo extrañarnos, si la nación no es otra cosa que un destino, un proyecto colectivo que, entroncado en el pasado, es impulsado por los vivos y los muertos hacia el porvenir?
No tenemos Proyecto… ¿De verdad? Tenerlo, desde luego que no lo tenemos—ni en el País ni en ningún sitio. Pero haberlo, hay. Hace un instante, aquí mismo quedaba esbozado en sus más grandes líneas el proyecto que nos obligaba a reclamar (en todos los sentidos de la palabra): “¡Soñemos!”. Soñar… —de eso se trata. Cuando todos los sueños han sido arrancados de la faz de la tierra, cuando el sueño como tal ha sido apartado de la realidad, nada se hará —nada tampoco vale la pena intentar—sin que el sueño y la imaginación envuelvan de nuevo con su misterio y hechizo el enigma mismo del mundo. Soñemos…, “que los sueños, sueños son”, decía nuestro Segismundo. Pero para que este sueño sea de verdad: para que el espíritu libere de su actual ruina lo que de fecundo late en nuestros tiempos; para que, en una palabra, el espíritu reviva enraizado en la carne y en la tierra; para ello no sólo hace falta soñar. Para ello hace falta afanarse con empeño y luchar con denuedo. Sólo así podremos dejar de formar parte de la triste cohorte de los hombres que, aborreciendo morir por la patria, prefieren morir por la nada.

Javier Ruiz Portella. Ensayista, editor. Autor del Manifiesto contra la muerte del espíritu. Entre sus libros, cabe mencionar: España no es una cáscara, Barcelona, 2000, y, La liberté et sa détresse, Bruselas, 1994.

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