martes, 30 de abril de 2013

LA JUSTICIA CONDENA A LA IGLESIA A INDEMNIZAR A UNA VÍCTIMA DE ABUSO SEXUAL



El Obispado de Quilmes deberá resarcir a un joven y a su madre. El cura fue trasladado, pese a que confesó la violación, ocurrida en 2002.
  
BUENOS AIRES.- El Juzgado Civil y Comercial Nº 2 de Quilmes confirmó la condena al Obispado de ese municipio del sur del conurbano bonaerense por los actos de pedofilia cometidos por un sacerdote. La sentencia, la primera de su tipo en Argentina, obliga a esa dependencia católica a pagar 155.000 pesos más los intereses de 10 años al joven que fue abusado cuando tenía 14 años.

Es la primera vez que la Justicia argentina ordena a la Iglesia Católica resarcir a una víctima de abuso sexual por el daño que le causó el hecho. “Estoy feliz. Esto es lo que buscábamos: Justicia”, le dijo al diario "Página/12" Beatriz Varela, la madre del joven, que fue abusado cuando tenía 14 años, y que desde hace 10 busca que el caso no quede impune.

El joven, que ahora tiene 25 años, aceptó hablar públicamente sobre el episodio que marcó su vida y cuestionó la actitud que asumió el obispado para encubrir a Rubén Pardo, el sacerdote abusador.

"Al no tener pruebas contra nosotros buscaron gente que hablara mal de la moral de mi mamá, para silenciarnos. Este fallo me da mucha tranquilidad y consuelo. Me alegra que pueda servir para que otras víctimas sepan que la Iglesia no se va a poder manejar con la misma impunidad” frente a casos de pedofilia, dijo Gabriel.

El abuso sexual ocurrió en la madrugada del 15 de agosto de 2002. El religioso reconoció los hechos ante el entonces obispo de Quilmes, Luis Stockler, pero el purpurado apenas le aplicó una “amonestación canónica” por la violación del sexto mandamiento, que dice “no cometerás actos impuros” y luego fue trasladado a otras diócesis, donde se le dio refugio, sin haber sido nunca expulsado de la Iglesia, hasta que murió de sida el 10 de junio de 2005. En ese entonces, la causa fue archivada.

La actitud del Obispado de Quilmes, que nunca reconoció el hecho como un delito aberrante, sino como “una debilidad propia de los célibes”, fue lo que decidió a Gabriel y a su madre a alejarse de la Iglesia y continuar con la denuncia

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