domingo, 4 de noviembre de 2012

AL QUE HABLA CLARO, LE CUESTA SER ENTENDIDO 8N Y EL CACEROLAZO


El riesgo de asumir un contrapunto con uno de los corifeos del kirchnerato no es precisamente el de vérselas como Santos Vega en su postrera lid (a no ser por el carácter demoníaco del oponente),sino más simplemente el de incurrir en descuido de aquel proverbio que aconseja no disputar con un necio. No sabemos si nos impele la tentación o el sentido del deber, pero el caso es que estas líneas responden a un artículo alusivo al famoso "cacerolazo" del 13 de septiembre, aparecido el lunes 17 en el principal diario oficialista (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-203553-2012-09-17.html). Quien haya tenido el desagrado de escuchar alguna vez el engolado y manierista tono de ese Eduardo Aliverti en sus deposiciones radiales, comprenderá sin mayores aclaraciones que de su lectura —faltante su voz— se recibe al menos algún consuelo. Con esa desaliñada dicción propia de inteligencias nutridas más de slogans que de conceptos, el cagatintas remite a esos "factores de poder que se nutren del privilegio propio", desfilantes a la par con "la tilinguería que les hace el coro". Preguntamos: ¿privilegios?, ¿tilinguería? ¡Se dirían los atributos presidenciales más ostensibles! Soslayarlos, así como la hueste cristinista soslaya la profusa cadena de crímenes de su jefa y colaboradores a los fines de defender el "proyecto", nos pone un único dilema: ¿actúan por venalidad o por irredimible estupidez? Como tampoco se comprende que el trueno contra las clases medias (de cuya principal extracción provino el "cacerolazo", y cuya volubilidad no vamos a negar) provenga de estos nuevos ricos, enriquecidos a expensas de haber convertido al Estado en una asociación ilícita, y a la nación toda en una tenebrosa caverna que les entrega sus bienes pecuniarios a la sola voz de Ábrete, Sésamo.
Clamar contra la reelección indefinida (que, según nuestro periodista, constituye no una prueba de angurria insaciable sino una "estrategia equivocada") "es lo único de que pueden valerse, y por eso lo amplifican". Ausentes de la manifestación, por fotos hemos podido ver carteles y pancartas alusivos a muy otros reclamos, que no sólo el de la llamada 'Yerre": contra la exorbitante corrupción, contra la inseguridad, contra la inflación y el Indec, por el 82 % móvil a jubilados, contra el adoctrinamiento escolar por parte de los patanes de "La Cámpora", etc. El más destacado de los carteles rezaba un elocuente: Cristina.- devuelvan el país. El voto no da impunidad a la estafa moral y el vaciamiento económico. Y otro: no te tenemos miedo, chorra. Multiplicados hasta la náusea las tropelías y los desaciertos del gobierno, ¿podrá creerse que la intentona re-reeleccionaria es "lo único de que pueden valerse" los que protestaban ese jueves? Pero para Aliverti, mastín del micrófono al parque del teclado, malabarista al fin, desmentir que el gobierno propicie la división de los argentinos es "de altísima incorrección política". Digámosle, pues, que cuantas políticas públicas auspicia su gobierno —políticas de salud sufragadas por el Foreign Office, políticas de derechos humanos bancadas (oh, yes) por la Fundación Ford, mitologización compulsiva de la historia reciente en los programas escolares, en los medios de masificación, con arreglo a pautas trazadas en despachos boreales, a la venia o a la simpatía explícita de quienes siguen cobrándonos la incancelable deuda y continúan saqueando nuestro oro y nuestros recursos pesqueros, entre otros, al par que custodian las regalías petroleras santacruceñas que el difunto K les depositó furtivamente—, todas estas políticas, decimos, apuntan a establecer un canon de corrección política por el terror, conforme a un estilo aprendido —aunque entonces con vasto acopio de metralla— en sus años mozos. ¡Que no alardeen estos sinvergüenzas de "incorrección política", que el discursito les viene encorsetado, maneado, ceñido y precintado como para que ni una tilde escape a previsión, como para que no se les fugue un reparo, una brizna de disenso con el paquete propagandístico en vigencia, común —en sus grandes líneas— a ellos y a sus opositores! Sabemos cuánto sea perito el marxismo en el arte de la demolición mental por vía de la palabra, cuánto y con cuánta insidia la emplee para alcanzar una impregnación todo lo más ubicua, y de instalar una corrección que es obediencia pasiva, caricatura profana de ignaciano perinde ac cadáver. "Sólo el marxismo ha abordado con absoluto cinismo la instrumentalización del lenguaje, y he alcanzado una completa insensibilidad hacia los valores de veracidad y consecuencia" (Rafael Gambra).    
El asunto es rebatir a quienes acusan lo obvio: "Los riesgos de profundizar las diferencias, de fijarnos en lo que nos separa", acá está la clave: según Aliverti, la política no es otra cosa que "conflicto invariable y progresivo (¡!), es que realmente hay pugna ideológica y no una escenografía institucional de cartón". Queda claro en la concepción de este no tan imberbe pone bombas o hay guerra o hay impostura. La vida civil come conflicto progresivo, muy en la línea del materialismo dialéctico, no deja espacio para la unidad y la paz nacional por arduas que sean éstas de alcanzar: no son sino bambalinas. El acostumbrado filisteísmo de las izquierdas ya lo consignó alguno vez: orden es "palabra fascista". Fomentemos, pues, el caos.
No es hiperbólico ni —mucho menos— elogioso, calificar a nuestro gobierno como revolucionario toda vez que se gestó —como larga ringlera de sus predecesores— en el líquido amniótico de la modernidad siendo ésta y "revolución" término; intercambiables. Lo que a la corte edad de éstos ni siquiera se le alcanza es que adoptar el patrimonio de la revolución es hoy lo más crudamente conservador. El pan-ideologismo que propugnan (y que los lleva a calificar groseramente a cualquier vecino que se resista a sus exacciones como "ideologizado" o similarmente, como "politizado" con ese mismo delirio frenético porque esta canalla coloca a la ideología antes del mismísimo instinto de conservación) responde a ese entrañudo rebasamiento de las jerarquías naturales que está en el carácter mismo de la modernidad, que así como rebajó a la teoría y elevó con la praxis, así arrojó a la idea (visión) y puso en su lugar a la ideología, es decir, al discurso orientado explícitamente a la acción. La «voluntad de poder» que Nietzsche preconizó oportunamente.
En la misma línea subvertidora de lo real están los gestos y las actitudes del gobierno, lo que hace incomprensible la indignación de Aliverti hacia los que voceaban de la presidenta ser ésta "yegua, puta y montonera". Cuanto a los dos primeros términos, más valdría pedirle a la agraviada que recupere el decoro de la investidura evitando la procacidad en que abundan sus discursos, que deponga el sobreexcesivo maquillaje y esa fatuidad activa con que extenúa a quienes se dirige en sus representaciones. Y lo segundo, ¿no hubo acaso un giro evidente al respecto, desde que se celebra todos los años, con desfacha¬tez y aun con el auxilio del erario público, el "día del montonero", ampliamente promocionado, con explícita anuencia oficial? ¿En qué estriba el agravio? Que nadie se equivoque sobre los propósitos de estos forajidos. Lo que se viene es un programa de confiscaciones en masa, siendo su presa no la canturreada "oligarquía enemiga de la inclusión social", sino todo aquel que no pueda defenderse de la codiciosa garra. La promoción de la lucha de clases será el previsible medio para lograr este fin, por lo que habrá que esperar que el gobierno insista —para desmerecer las protestas avenientes y anear resentimientos para el combate— en el argumento de la olla de acero inoxidable, o de la asistencia al acto con el caniche. El secreto de la revolución es el nihilismo, es decir, el odio enconado a lo real. No puede oponerse a este turbión de malhechores un discurso basado en el mero respeto de la Constitución, tótem de los leguleyos desconocedores de los valores mucho más elevados de la Tradición y el Bien. Ni la defensa de la democracia, como si ésta no constituyese —según la tratadística clásica— una forma corrompida de gobierno. No sirve calificar a Cristina como dictadora ni como reina, que ninguna de ambas categorías políticas es deshonrosa: recordemos en voz alta que es una déspota, y que esto sí es un sufridero. El liberalismo —que, según acertó Castellani, degradó a la inteligencia argentina y debilitó los ánimos— no es acreditado antídoto contra el marxismo-, éste es, en rigor, irresistible para aquél, al que le sigue como el efecto a su causa. Porque el marxismo y el liberalismo tienen la misma sangre, y el uno es el hijo (parricida) del otro. Y los Kirchner son, hasta aquí, la última consecuencia de la política rupturista, liberal y masónica que nos fue aplicada a partir de Caseros.
En los remotos pródromos del sovietismo, conocedor presencial de la fermentación revolucionaria de ciertos espíritus, Dostoievski los llamó sin hesitación endemoniados. No se resiste eficazmente a éstos por la apelación a las libertades cívicas ni al justo derecho a la propiedad. En las horas dramáticas es cuando urge embrazar el arma adecuada, enfrentar a la revolución con el espíritu decididamente opuesto. El Señor lo enseñó paladinamente cuando, al liberar al muchacho poseso de aquel demonio que resistía a la imprecación de los apóstoles, dijo que "a esa raza sólo se la puede expulsar por el ayuno y la oración". A esta peste se la vence renunciando a todo, salvo a la Verdad.
                                                                                                           
 Flavio Infante

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